El sábado santo
Al
anochecer del viernes comienza el descanso sabático. Llegan al cenáculo
los que han estado en la sepultura. María está allí. Están las mujeres
que en su amor encendido quieren volver al sepulcro cuando acabe el
sábado para embalsamar bien al difunto, con todo el amor y la piedad de
que son capaces. Están allí los apóstoles que callan y no saben qué
decir porque no supieron defender a Jesús, y, menos aún, acompañarle en
su gran lucha. Están otros discípulos muy allegados. María se retira.
Es
el día de la soledad de María. Para ella sigue la pasión en su alma.
Sufre y no hay dolor como su dolor. Cada uno de los gestos de su Hijo se
le hace presente, sus quejidos, sus palabras. El gran grito de triunfo y
dolor le llena su interior. Sabe que ha triunfado. Pero ella está sola.
Él no está con ella. Y piensa en sus palabras: "al tercer día
resucitaré" Y se aferra a ellas. Es difícil creer. ha visto el cuerpo
muerto, agujereado por los clavos, ha puesto su mano en el costado
abierto llegando al mismo corazón. Hace falta mucha fe para creer que va
a resucitar, y se hace la oscuridad en el alma de María.
Experimenta
el abandono como lo experimentó Jesús en su cuarta palabra. El Padre
calla y la Madre se convierte en la única creyente. Su fe es la de una
nueva Eva que cree contra todas las evidencias de los sentidos y de la
experiencia. Y las horas del sábado trascurren lentas con oración como
la de Getsemaní. Pasa la noche del sábado minuto a minuto, y la oración
no cesa en la que nunca cesó de creer.
Hoy Sabado Santo es un día de silencio en la Iglesia: Cristo yace en el sepulcro y la Iglesia medita, admirada, lo que ha hecho por nosotros este Señor nuestro. Guarda silencio para aprender del Maestro, al contemplar su cuerpo destrozado.
Cada
uno de nosotros puede y debe unirse al silencio de la Iglesia. Y al
considerar que somos responsables de esa muerte, nos esforzaremos para
que guarden silencio nuestras pasiones, nuestras rebeldías, todo lo que
nos aparte de Dios. Pero sin estar meramente pasivos: es una gracia que
Dios nos concede cuando se la pedimos delante del Cuerpo muerto de su
Hijo, cuando nos empeñamos por quitar de nuestra vida todo lo que nos
aleje de Él.
El
Sábado Santo no es una jornada triste. El Señor ha vencido al demonio y
al pecado, y dentro de pocas horas vencerá también a la muerte con su
gloriosa Resurrección. Nos ha reconciliado con el Padre celestial: ¡ya
somos hijos de Dios! Es necesario que hagamos propósitos de
agradecimiento, que tengamos la seguridad de que superaremos todos los
obstáculos, sean del tipo que sean, si nos mantenemos bien unidos a
Jesús por la oración y los sacramentos.
El
mundo tiene hambre de Dios, aunque muchas veces no lo sabe. La gente
está deseando que se le hable de esta realidad gozosa -el encuentro con
el Señor-, y para eso estamos los cristianos. Tengamos la valentía de
aquellos dos hombres -Nicodemo y José de Arimatea-, que durante la vida
de Jesucristo mostraban respetos humanos, pero que en el momento
definitivo se atreven a pedir a Pilatos el cuerpo muerto de Jesús, para
darle sepultura. O la de aquellas mujeres santas que, cuando Cristo es
ya un cadáver, compran aromas y acuden a embalsamarle, sin tener miedo
de los soldados que custodian el sepulcro.
A
la hora de la desbandada general, cuando todo el mundo se ha sentido
con derecho a insultar, reírse y mofarse de Jesús, ellos van a decir:
dadnos ese Cuerpo, que nos pertenece. ¡Con qué cuidado lo bajarían de la
Cruz e irían mirando sus Llagas! Pidamos perdón y digamos, con palabras
de San Josemaría Escrivá: yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me
apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor…, lo
desclavaré con mis desagravios y mortificaciones…, lo envolveré con el
lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva,
de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!
Se
comprende que pusiesen el cuerpo muerto del Hijo en brazos de la Madre,
antes de darle sepultura. María era la única criatura capaz de decirle
que entiende perfectamente su Amor por los hombres, pues no ha sido Ella
causa de esos dolores. La Virgen Purísima habla por nosotros; pero
habla para hacernos reaccionar, para que experimentemos su dolor, hecho
una sola cosa con el dolor de Cristo.
Saquemos
propósitos de conversión y de apostolado, de identificarnos más con
Cristo, de estar totalmente pendientes de las almas. Pidamos al Señor
que nos transmita la eficacia salvadora de su Pasión y de su Muerte.
Consideremos el panorama que se nos presenta por delante. La gente que
nos rodea, espera que los cristianos les descubramos las maravillas del
encuentro con Dios. Es necesario que esta Semana Santa -y luego todos
los días- sea para nosotros un salto de calidad, un decirle al Señor que
se meta totalmente en nuestras vidas. Es preciso comunicar a muchas
personas la Vida nueva que Jesucristo nos ha conseguido con la
Redención.
Acudamos
a Santa María: Virgen de la Soledad, Madre de Dios y Madre nuestra,
ayúdanos a comprender -como escribe San Josemaría- que es preciso hacer
vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y
la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir
entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas.
Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos
hacemos una sola cosa con Él.

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